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en torno al fútbol canario


De Agaete a Barcelona ¿Els canaris son negres?

Javier Domínguez García.2020

Puerto de Barcelona

Jordi Soler i Esteve, había nacido en Barcelona en el barrio de Gracia en 1929. Tras sus estudios de contabilidad y comercio, realizados en el Colegio claretiano del Corazón de María, entró a trabajar en la empresa de Joan Domenech, procedente como su familia materna, los Esteve, de Sant Feliú de Guíxols. Desde la década de 1930 eran de los comerciantes de cacao más ricos de Barcelona. En la empresa chocolatera de los Domenech, Jordi realizaba su labor en las oficinas y en el muelle de Barcelona, a donde acudía cada vez que llegaba algún vapor con mercancía desde la colonia española.

Cuando Jordi cumplió los 25 años, se le presentó la oportunidad de ir a la Guinea a trabajar. Fueron los propios claretianos quienes le animaron a embarcarse a probar fortuna como gerente de una de las plantaciones que los empresarios catalanes poseían en Africa ecuatorial. Su padre le animó y Jordi dejó a su familia en Barcelona y se fué a sustituir al contable de la empresa. La Guinea Española la formaba una parte continental y otra insular. El territorio del continente era conocido como Río Muni y su capital era Bata pero Jordi iba inicialmente a Santa Isabel situada en la isla de Fernando Poó.

A finales de enero de 1955 se embarca en el vapor “Dómine”. La emoción que sintió al subir al barco, quedó grabada en su mente para toda la vida, así como la melancolía que le invadió tras despedirse de sus padres y hermanos, mientras veía alejarse por la popa, la estatua de Colón en las Ramblas de Barcelona. Al día siguiente, el barco atracó en Valencia, donde permaneció un día para cargar arroz. Luego navegó dos días y medio hasta Cadiz, donde cargaron cajas de coñac. En este puerto permanecía otro día. Para llegar a Canarias invertía tres días y otros dos en sus puertos, de Las Palmas y Santa Cruz. Luego el barco se detuvo en Lagos y Monrovia, hasta completar ​un viaje de tres semanas.

Viajando en segunda clase, a bordo vivío su primera experiencia tropical, en la que tuvo que protegerse del paludismo con pastillas de quinina y conoció lo que era el mareo con el movimiento en las olas del Atlántico. Disfrutó con las comidas, la camaradería del personal y con los pasajeros que conoció a bordo: algunos funcionarios con sus familias, agricultores y comerciantes de la isla, madereros o militares.

Cuando llegó a Fernando Poó después de más de cinco mil kilómetros en barco, llegaba a un territorio desconocido. El azul de la isla se hacía más intenso al resaltar sus siluetas las alturas del pico de Santa Isabel y la selva impenetrable.

Vino como empleado de una empresa comercial, hizo tres campañas seguidas y disponía de unos ahorros.Los años pasaron con rapidez para Jordi como nuevo colono, y pronto cumpliría su contrato y podría volver a casa, para disfrutar de seis meses de vacaciones. Ya tenia oferta de un empleo de rango superior al actual para cuando regresara, pero su gran ilusión, por ahora, se centraba en la vuelta a casa, aunque sólo fuera por dos o tres meses.

Sin embargo, unos episodios de fiebre, escalofríos, orinando sangre eran señales claras de un ataque de paludismo. Tras la oportuna consulta radiomédica no había duda en el diagnóstico: Era la malaria, una enfermedad causada por la picadura de la hembra del mosquito Anofeles, endémica en Africa Ecuatorial. Se le recetó unos inyectables que había que suministrarlos cada seis horas. A la mañaña siguiente un telegrama llegaba a la empresa en Barcelona:«Gerente enfermo de gravedad deberá salir primer avión con destino Las Palmas recomiento atención urgente». Era final de marzo de 1958.

De Santa Isabel voló a Bata por la mañana, para por la tarde tomar el vuelo de Iberia a Madrid, que hacía escala en Accra y Las Palmas. De madrugada arriba al aeropuerto de Gando, donde Joan Domenech hijo, antiguo compañero del Colegio Claret en Barcelona y representante en Canarias de la empresa, le esperaba. En un taxi, ardiendo en fiebre marcha hasta el “British Sailor Hospital” lugar donde eran tratados los marineros de los barcos ingleses que contraían enfermedades tropicales en Africa. Fue ingresado y le trataron con quinina intravenosa. En pocos días experimentó una mejoría, la fiebre bajó y empezó a recuperarse. Al cuidado del médico inglés Mr. Pavillard, en el hospital cercano a la Playa de Las Canteras, pasó el tiempo de convalecencia.

Tras superar la enfermedad, se instala en una pensión de la calle Ripoche atendido por un matrimonio de herreños que cuidaban de él como si fuera de su propia familia. Conoce la ciudad con las jardineras guaguas, que van y vienen del Puerto a Las Palmas. Sale de paseo y se da algún baño en la Playa de Las Canteras. Ante el magnífico espectáculo del mar, que nunca es el mismo y nunca es diferente, se ensancha el alma y es grato tenderse al sol, sobre las arenas doradas y bajo los cielos azul rádiante. ¡Qué resplandecientes los dias!

Una de sus primeras salidas fue a la Alameda de Colón el día de la Moreneta, patrona de los catalanes, celebrada con bailes de sardanas, degustación de butifarras y comidas propias de su país, por la colonia catalana en Las Palmas, reunida tras la misa en la cercana iglesia. Le impresionó hasta el punto de que casi llegaron a saltársele las lágrimas. Allí a través de su amigo Joan saludó a algunos paisanos establecidos en la isla y se encontró con el padre Domingo, un claretiano que había conocido en el Colegio Claret de Barcelona.

Lata de Colacao

Su amigo Joan Domenech salía de vacaciones y encarga a Jordi el control del negocio en Las Palmas. Era un almacén de la misma empresa para la que trabajaba en Guinea. Variados productos como, el aceite Carbonell, la leche condensada Nestlé, y el chocolate en polvo que por esos años la empresa “Nutrexpá” comenzó a comercializar con el nombre de Cola-Cao, con la canción, «Yo soy aquel negrito, del África tropical, que cultivando cantaba la canción del ColaCao…«, de gran éxito por su emisión en la radio.

Al poco tiempo de establecerse conoce a un cambuyonero natural de Agaete, Juan Ramos, que a su vez era propietario de otro almacén, cercano al Parque de Santa Catalina y donde su empresa depositaba algunas mercancías llegadas en los barcos desde Barcelona o de Guinea. Poco a poco iba conociendo a otras personas relacionadas con el negocio portuario y con ellos acude a los cafés del barrio. Al principio se siente un extraño con la gente que va conociendo. Algunas veces, le hacen preguntas sobre el trato con las negras, sobre el clima africano, o sobre las enfermedades del trópico, pero lo normal era la conversación casi siempre sobre fútbol o negocios.

A Jordi le gustaba el fútbol y desde niño, antes de la guerra, solía ir al campo del Guinardó, cercano a su barrio de Gracia, donde jugaba el Europa, en aquellos tiempos, club de Primera Divisón. Había ido a algunos partidos con su padre y recordaba ver jugar a Ricardo Zamora y a Samitier, figuras en el Barcelona de entonces.

Junto con el grupo de conocidos del Parque, y con motivo de jugar el Barcelona en el Estadio Insular, acudió a presenciar el partido de los “culés” ante la Unión Deportiva. Venía el club azulgrana líder y podía ganar el campeonato con el triunfo en la isla, por lo que su entrenador, el “brujo” Helenio Herrera, manifestaba que “ganarían sin bajarse de la guagua”, cosa que ocurrió pero les costó mucho hacerlo. El primer gol fue un regalo del meta canario Pepín, que no blocó el balón y se lo dejó a Luis Suarez, para que marcara el 0-1, cuando iba a terminar el primer tiempo; y el segundo gol, vino casi al final, y después de no haberse sancionado con penalti un derribo claro a Macario. A la salida, sus amigos canarios, le reprochaban que el gran Barça, ganara de esta forma tan pobre, a un equipo que jugando bravamente, mereció al menos el empate. Pero él se alegraba, pues el Barcelona era Campeón de Liga, por delante del Real Madrid de DiStefano, que aquel año fue Campeón de Europa.

Pronto conoce a la hija de Juan Ramos, llamada Pino. Antes de cruzar el umbral de la casa de la chica, había pedido permiso a los padres, para mostrar ante todo seriedad y formalidad. En sus primeros encuentros, ella siempre venía acompañada de alguien, bien por su madre bien por algún familiar allegado, pues era impensable que paseara sóla con el que pretendía ser su novio. El tampoco iba directamente a la casa de la chica y siempre esperaba a unos metros de la puerta de su casa. Mucho más tarde, conforme pasaba el tiempo, ya se fueron acercando, hasta que se hizo novio de una manera formal. Era costumbre en las familias isleñas que el noviazgo fuera el periodo de preparación y aprendizaje de las tareas domésticas de las futuras esposas, sentimentalmente el tiempo de la seducción y el cortejo, por ello, Pino, que además de aprender a cocinar, estudiaba el piano dos o tres horas diarias, hacía labores y por las tardes de paseo por la Playa de las Canteras, contemplando la barra donde rompe el mar azul del Atlántico y los atardeceres con el Teide y la montaña de Gáldar al fondo.

Pasado un tiempo, acuerdan la boda que se celebró en la iglesia de los PP. Franciscanos de la calle Padre Cueto. Como padrino actuó su amigo Joan Domenech, y como madrina Doña Ana García, madre de la novia. Tras la ceremonia religiosa, la nueva pareja con familiares y algunos amigos, se reunieron en la casa de los padres de la desposada, partiendo después de dicha reunión al balneario de Los Berrizales, en el Valle de Agaete, a pasar unos días de “luna de miel”.

Con mucha alegría llegó el primer vástago a la nueva familia Soler Ramos en la primavera de 1960. Fue bautizado con el nombre de Juan Antonio, como sus abuelos. Al año siguiente llegaría el segundo, otro varón, al que llamaron Carlos. Con mucha tranquilidad vivieron sus primeros años en una casa terrera en la calle Gomera, cerca del negocio de la venta y distribución de productos, principalmente el Cola Cao, que iba muy bien y le daba bastantes beneficios.

Su suegro y demás conocidos eran socios del Porteño, que era el equipo del barrio de Santa Catalina y contaba con el apoyo de una considerable masa de simpatizantes. Esa temporada estaban más ilusionados que nunca, porque además del ascenso brillantemente obtenido, su jugador Juan Guedes, era fichado por la Unión Deportiva. Jordi acudía con su nuevo grupo de amistades con bastante frecuencia al Estadio Insular, a ver a los “verdiblancos” del Porteño, a los juveniles o a la Unión Deportiva.

Un domingo había gran interés por ver en el primer equipo a un joven jugador de Agaete, que Luis Molowny, daba entrada en el ataque como extremo. Era hijo de paisanos del pueblo de su mujer y había destacado en la selección de juveniles formando en la delantera con Juan Guedes, la figura porteñista. Vicente González, procedente del Arucas, se había iniciado en el U. D. Agaete de la segunda categoría y a sus 18 años iba a debutar en Primera División. El visitante de turno era el Español, por lo que Jordi iba a ver al otro equipo de Barcelona ante el equipo canario. Se desplazaron desde Agaete cantidad de seguidores a la capital, donde parientes y amistades les recibieron con alegría y juntos marcharon hasta el recinto de la Ciudad Jardín. A pesar de perder con los catalanes, salieron muy contentos pues la joven promesa lo había hecho bien y además, acudió a la grada donde se fotografió con familiares y conocidos.

Por Vicente se interesaba el Real Madrid, pero fue el Barcelona quien se hizo con su ficha, pues pagó a la Unión Deportiva nada menos que la suma de ¡Tres millones! de pesetas, que era la máxima cantidad que el club amarillo había recibido por un futbolista de su plantilla.

Vicente debuta con la U.D.Las Palmas

Jordi, como catalán que era, compraba los periódicos deportivos de Barcelona para informarse de lo que se decía del jugador en la ciudad Condal. Estaba siempre en el centro de la conversación en sus tertulias por las tardes en el Parque. Entre las condiciones del contrato estaba que el FC Barcelona jugaría un partido amistoso en Las Palmas a la temporada siguiente.

El día del partido, Jordi acudió con todos sus amigos a ver al jugador canario vestido de azulgrana. Los de Agaete decían que el joven jugador, no cambiaba de equipaje, pues el club de la villa también llevaba los colores rojo y azul, que eran los de la patrona, la Virgen de Las Nieves al igual que el Barça.

F.C.Barcelona.Vicente primero derecha agachado

El novel Vicente, se alineaba por vez primera con su nuevo equipo e inicialmente hizo algunas buenas cosas. Los canarios se adelantaron a los tres minutos pues el rechace de Pesudo a tiro potente de Guedes significó el primer gol canario. El empate vino a los cinco minutos en una veloz internada de Vicente que centra y remata Zaldúa. El partido de guante blanco daba ocasión a unos y a otros y la concurrencia se divertía y premiaba con aplausos las buenas jugadas .Al final, ganó el Barcelona 4 a 2 en un entretenido partido. Guedes realizó bellas jugadas y Vicente dio muestras de su calidad y técnica. La gente de Agaete salió muy contenta y Jordi también disfrutó del espectáculo.

Llegado el verano, su mujer con los dos niños pequeños marchaban a su pueblo de Agaete donde pasaban toda la temporada estival. Jordi se quedaba en la capital atendiendo el negocio y los viernes se iba a pasar el fin de semana con la familia, hasta que llegado Agosto se quedaba todo el mes.

Cada día, a las ocho en punto sacaba de la cama a toda la familia “las mañanitas del Rey David”, canción mejicana sintonía de la emisora de Santa Cruz en la isla de Tenerife. Tras desayunar y prepararse, caminaban al bellísimo Puerto de las Nieves a darse un baño en la playa de piedras, ante el salvaje, negro y agreste fondo de montañas que culminan en la crestería del Pinar del Tamadaba. Se podía divisar Guayedra y Tirma, el imponente Roque Faneque y la cordillera de picos volcánicos descendiendo hasta la Punta de la Aldea. Un paisaje de grandiosidad con la impresión negra y salvaje del conjunto.

En el muelle, viendo el enorme Roque “partido”, el fondo del mar con sus verdiazules, o el color plateado aguado.

Papahuevos en la Bajada de La Rama. Agaete

Vivió entonces las fiestas de Las Nieves, conocidas en toda la isla por La Bajada de la Rama, recogidas desde el alba del vecino pinar. La alegría y expresión de los bailes en una larga riada de niños, jóvenes y viejos, mostraban una expresividad poco común, en la que el visitante y nativo toman parte en el brillante y contagioso ritmo, acompañados de los papahuevos, enormes «Gigantes y Cabezudos», en el que unos músicos marcan el compás de su infalible marcha.

Por la noche se celebraba “la Retreta”, recorriendo entre antorchas y bengalas las principales calles de la villa. La fiesta principal empezaba el día 5, a las 5 de la mañana con el toque de “la diana” que despertaba al vecindario como preámbulo de la llegada de la talla flamenca, que salía de la bella ermita de Las Nieves, con su aire africano entre palmeras y un cielo de tenso azul de ultramar. A Jordi le produjo una impresión incontenible cuando fué recibida en el puente, con unas fortisimas tracas «en las que se tenía que abrir la boca para no reventar los oídos».

Así iba transcurriendo su vida, con prosperidad y buena salud, la familia, el trabajo y las tertulias en el Parque, la playa de Las Canteras y sus visitas a Agaete. En marzo de 1968 Jordi, que llevaba casi trece años fuera de Barcelona, programa un viaje para ver a los abuelos y tomó el avión con su mujer y los chiquillos, que tenían 8 y 7 años.

En el aeropuerto del Prat volvió a abrazarse con los suyos. Encontró a sus padres más viejos. Se habían mudado a un piso grande, cerca de la Sagrada Familia. Sus hermanos habían organizado su vida y cada uno iba resolviendo sus ocupaciones y sus preocupaciones. Mientras su hermano permanecía soltero, viviendo en la casa paterna, su hermana se había casado y tenía dos hijos, varon y hembra de cinco y tres años.

La abuela muy contenta de conocer a sus nietos africanos, no tenía muy claro lo de las tierras donde su hijo había estado y confundía la Guinea con las Canarias. Miraba con atención a su nuera, de tez morena y ojos negros, y a los chiquillos, de piel tostada y pelo rizado, que le causaron gran sorpresa al verles por primera vez.

U. D. LAS PALMAS – Las Palmas de Gran Canaria, España – Temporada 1967-68 – Ulacia, Aparicio, Tonono, Martín II, Castellano y Guedes; León, Gilberto II, José Juan, Germán y Gilberto I – Las Palmas fue el equipo revelación, clasificándose en el tercer puesto de la Liga de 1ª División, con Luis Molowny de entrenador

Durante esos días con la familia, casualmente la U. D. Las Palmas estaba en Barcelona, a jugar ante el Sabadell jornada de Liga. Habían llegado los canarios a la Ciudad Condal en olor a multitudes, pues venían realizando una temporada magnífica, disputando los primeros puestos al Real Madrid y al Barcelona, por lo que había verdadera curiosidad por este encuentro, que nunca había tenido tanto ambiente en Sabadell como ahora.

Para Jordi y su familia era una ocasión de ver la actuación canaria y disfrutar del ambiente propicio fuera de la isla, por lo que era todo un acontecimiento que les obligaba a acudir a la “Nova Creu Alta”, una magnífica instalación donde iba a jugar por primera vez la Unión Deportiva. Pese a que el partido era televisado, Jordi corrió a buscar las entradas, y organizó la expedición familiar a la ciudad “lanera” .

Llegó a la casa y anunció a sus padres, en catalán como era habitual con ellos:

Demá anem a el futbol a Sabadell. (Mañana iremos al fútbol a Sabadell)

Anirem tots amb l’yaya i els nens. (Iremos todos, con la abuela y los niños)

També vindrà el meu germà Luis. (También vendrá mi hermano Luis)

El domingo comieron la escudella que preparó la abuela y sobre las cinco de la tarde emprendieron viaje para Sabadell. En un coche iban los abuelos, con Pino y los niños; y en el otro coche, los dos hermanos. El trayecto era de una media hora y sobre las seis menos cuarto estaban aparcando en las inmediaciones de la » Nova Creu Alta”.

En el camino, la “yaya”, con curiosidad, preguntaba cosas sobre las islas a su nuera y nietos. Como acostumbraba lo hacía en catalán, que el abuelo traducía de inmediato al castellano.

¿Com és l’arbre de la bananer ? (¿Como es el árbol de la platanera?)

¿Fa molta calor? (¿hace mucho calor?)

¿Viviu a prop de la platja? (¿Vivís cerca de la playa?)

Y así hasta que llegaron y entraron al campo. Se situaron en las primeras gradas, tras el banquillo del equipo canario. Recreándose en el graderío que poco a poco iba llenándose, aunque no se iba a completar. Minutos antes del comienzo, saltan los canarios al césped y saludan a la asistencia. Ya había caido la tarde y la temperatura era de unos 12 grados. Pino y la abuela cubrieron sus piernas y a los niños con unas ligeras mantas.

La abuela no perdía detalle y observaba con fijación a los futbolistas de Las Palmas, que calentaban los músculos con el peloteo inicial, cercanos a donde estaban. La altura y la tez morena de Guedes le llamaba poderosamente la atención, junto con los Gilberto, Germán, Tonono, Castellano, etc..; todos muy morenos ,secos… distintos.

Es entonces cuando la abuela se dirige a su hijo y le pregunta:

Escolta Jordi, ¿Els canaris són negres? (Oye Jordi, ¿Los canarios son negros?)

No mare, estan molt morenos perquè prenen el sol a la Platja de Las Canteras tot l’any. (No mamá, están muy morenos porque toman el sol en la Playa de las Canteras todo el año).

Fue otra proeza de la Unión Deportiva Las Palmas, forjada a pulso, en un partido que por dos veces tuvo signo adverso para los amarillos en el marcador. Pero la historia de tantos encuentros en los desplazamientos, donde superaron las mayores dificultadles, se repitió en la «Nova Creu Alta«, sin dar nunca el partido por perdido y luchando con tenacidad indesmayable hasta el final.

Los Soler disfrutaron de un entretenido y emocinamte partido que terminó con empate a dos. El gol del empate canario, en los minutos finales, emocionó a la familia que festejaron con vivas y aplausos ante la decepción de sus vecinos en el graderío.

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